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diumenge, 31 de maig del 2015

Suerte.

Su casa estaba llena de espejos pero nunca se miraba en ellos. Mientras le peinaba el pelo, Carla le preguntó porqué siempre esquivaba su mirada cuando se encontraba frente un espejo y un silencio inundó por unos instantes esa sala. Creo que esos fueron los segundos más amargos que pasó. 
-Nunca he tenido suerte-, respondió y no quiero recordármelo más de la cuenta. Carla sonrió, le acarició suavemente la barbilla y la subió a noventa grados. -¿Qué es suerte para ti mamá?-, preguntó Carla, porqué para mi suerte es, básicamente, haber nacido de tu vientre. Que me hayas enseñado a querer incondicionalmente, que me hayas ayudado a crecer. Suerte son los cafés de los domingos, las risas sin explicación alguna, los bailes en mitad de la calle y mi cd favorito sonando toda la tarde. 
Carla sabía que su madre no podía dejar el pasado atrás y que no encontraría su suerte hasta que no dejara verlo marchar sin necesidad de volverse a girar para despedirse. No pudo despedirse, ese era el problema. Y estaba segura que no pasaba ni un sólo día en que no se lamentase de ese no adiós inesperado. Su suerte era él, haberlo conocido, haberle querido y después de tanto tiempo viéndolo partir para después regresar no supo reaccionar ante esa partida que nunca regresó, que se quedó en el camino, en esa mera linea que separaba la vida de la muerte. 


Hay cosas que no se pueden controlar, que se nos escapan de las manos, que no dependen de nosotros. Hay cosas, como la suerte, que están entre esa gente que roza con nuestra vida y la llena de magia. 

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