Como dos almas suicidas
destinadas al fracaso
se arriesgaron a amar.
Ansiaban conocer
ese mundo que
se prometieron
mucho antes
de encontrase.
Nada podía matarles,
inmortales decían
en un mundo
donde se encontraban
en cada mirada perdida.
Y aunque pensaron
en la posibilidad
de no quererse,
no pudieron.
Caminos muy dispares
se bifurcaron sin querer
pero bastaron
dos invernos
y tres primaveras
para volverse a reconocer
ya no por su aspecto
sino por el olor
de su deseo pendiente.
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