El frío se intercalaba entre los huesos abarrotados de un ser que perdió el norte un tiempo atrás. Sus labios, tiritando saboreaban lágrimas saladas de un mar que se fundió con la tormenta. Ese vacío pasajero se quedó con ella a vivir y entre eternas dudas entorpecía su respiración con cada recuerdo esbozado en sus retinas. Su cuerpo ardía por dentro mientras sus pies helados buscaban el equilibrio en esa mera línea llamada distancia que le impedía volver a abrazar ese que le obligaba a avanzar. Se quedó con Soledad, que fingía ayudar y habló el silencio, que le cerró los ojos para no sufrir más.

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