Un nuevo atardecer, una nueva historia, una pizca de esperanza.
La última grieta de luz, la última enseñanza del día.
Todos escogemos direcciones distintas y puede que a veces, solo a veces, la nostalgia, el recuerdo me invada, pero todo pasa al veros una vez más, una vez de muchas, un poco más mayores pero siendo los mismos de siempre. Entonces las fotografías de mi vida, de nuestra vida pasan por mi cabeza y se forma un hoyuelo en la mejilla.
Comprendo que la distancia no la hacen los kilómetros, sino las personas, por lo que cuando la mano alcanza la medida del corazón aún están presentes en él todos por los que hoy estoy aquí.
Al final todo tiene la importancia que tu quieras darle.
Y yo quiero darle esa importancia a todos esos recuerdos que permanecen conmigo en esos días con sabor a domingo, en esas mañanas pesadas.
Darle importancia al atardecer y al aprendizaje, pues como alguien dijo una vez: “nunca te acostarás sin saber una cosa más”.
Y hoy, una noche cualquiera, con mi colacao en mano, sé del cierto que mi amor es fuerte, que los retos te hacen grande, más grande que cualquier pesadilla nocturna, superando el miedo a tener miedo.
No me gusta pensar que hubiera pasado si me hubiera rendido.
Me gusta pensar en la lluvia, en las visitas inesperadas, en todo lo que voy a recorrer contigo o sin ti.



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