Cerró la puerta de un golpe. Un golpe seco, fuerte. Suponí que en él había liberado un poco más de la rabia que llevaba dentro. Se derrumbó. Su cuerpo caía despacio hacia el suelo. Un suelo frío, mojado. Cerró las manos apretándolas con fuerza y borró su falsa sonrisa. Por sus mejillas bajaban lágrimas, pero no sabía a quién iban dirigidas. En ese instante quiso dejar de pensar. Se acercó al espejo y se miró detenidamente. Quería olvidarlo todo. Unos pensamientos inciertos se apoderaban de su mente, su seguridad bajaba cada vez más hasta convertirse en esclaba de su debilidad. Quería pararlo. Ella no merecía todo aquello. Cerró los ojos y vació su mente. Sintió por unos instantes que alguien le cogía la mano, que no estaba sola. Abrió los ojos y se volvió a ver reflejada. Su odio augmentava y se repitió, una vez más, que no volvería a suceder.

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